Pajareando por París

Qué podría escribir yo de París que no se haya escrito ya. Lo tengo francamente difícil, por no decir imposible, pero aún así me gustaría compartir en el blog un par de detalles naturales que me llamaron la atención de una de las grandes urbes del mundo.

Aunque muchos no lo crean, incluso una ciudad tan turística y con tantos monumentos para ver puede guardar pequeñas historias relacionadas con la fauna y la flora, y por mucho que se intente, un naturalista rara vez descansa, por lo que aunque sea con el rabillo del ojo siempre recibimos con alegría cualquier estímulo animal o vegetal.

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Con el de París sumo otro viaje a este invierno tan viajero. De nuevo ha sido un motivo ornitológico, ya que acudí a un workshop sobre evaluación de impacto de cotorras exóticas, por lo que no era un viaje de placer, sino con obligaciones. Pero soy joven, tengo energía y ganas, asi que cualquier rato suelto fue bien empleado en pasear y disfrutar de una de las ciudades imprescindibles que tenemos en Europa.

Imagino que sonará tópico, pero no miento si digo que lo que más me gusto fue la torre Eiffel, imponente obra que asoma, ya sea cerca o lejos, en cada esquina de la ciudad. También me fascinó el Louvre, museo donde pasar horas y horas rodeado de obras de incalculable valor.

Pero la entrada iba sobre pajareo. Bien, más allá de gorriones, jilgueros, urracas, palomas domésticas  y torcaces y gaviotas reidoras no descubrí mucho más, pero me llamaron la atención los estorninos pinto, ya que aunque los veo con frecuencia nunca los había visto tan cerca. Me han comentado que en otras ciudades también ocurre, pero en mi experiencia personal nunca había visto algo semejante.

Los estorninos comían del suelo, como los gorriones y entre ellos, y acogían encantados cualquier aporte humano en forma de migas o sobras. Yo estoy acostumbrado a verlos en las antenas de Tv, en los tejados, en árboles, volando formando grandes nubes negras, pero siempre a cierta altura y manteniendo las distancias, no comiendo de la mano.

Muy curioso, pero no fue lo único que descubrí de esta especie. Bien entrado el atardecer, ya con el Sol dando sus últimos coletazos, me acerqué a ver un par de monumentos más, y descubrí un dormidero de estorninos y de gorriones a ras de suelo, en arbustos de un jardín. También era una novedad para mí. Y no fue lo único que me cautivó de ese rincón, ya que también descubrí uno de estos refugios para insectos que parece ser que abundan en el centro de Europa -los he visto en fotos de amigos que han viajado a varios países-. Consisten en una estructura con distintos tipos de maderas, piedras y otros materiales en los que determinados insectos pueden refugiarse, comer,etc. Muy interesante, pueden ver ambas cosas en la foto.

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Por último, descubrí que todo pequeño jardín o parque tenía paneles informativos de fauna y flora, y además había varios modelos distintos, por lo que en poco tiempo uno de mis entretenimientos parisinos consistió en intentar encontrar todos los carteles distintos que habían colocado. Lo que me llamó la atención no fueron necesariamente las especies, sino la belleza de los carteles, saliéndose un poco de la tónica habitual en cartelería naturalista, jugando con un reparto diferente de las especies presentes, los tamaños, e incluso con dibujos más bonitos que los que se emplean en obras de este tipo. La originalidad es algo que recibo bien siempre, y en este caso quedé muy satisfecho.

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